6 de diciembre de 2011

¿A más cumbres, mayor integración?

Análisis

Por Elaine Ford

En los primeros días de diciembre se han llevado a cabo reuniones internacionales a fin de impulsar dos nuevos bloques de integración. Por un lado, en Venezuela se dio luz verde a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), que agrupa a 33 países de la región, incluyendo a Cuba y excluyendo a Estados Unidos y Canadá. Y del otro lado, la Alianza del Pacífico que celebró recientemente su II Cumbre en Mérida, México; iniciativa que reúne a las economías de Chile, Colombia, Perú y México con miras a la integración con el Asia-Pacífico. El Estado peruano ha suscrito las Declaraciones de Caracas y Mérida, respectivamente.

La CELAC se constituye básicamente como un foro político, cuyos acuerdos serían por consenso y sin mayor institucionalidad y burocracia dedicada a su funcionamiento. La presidencia pro tempore recae en Sebastián Piñera, presidente de Chile. La Alianza del Pacífico busca impulsar el crecimiento, desarrollo y competitividad de las economías involucradas con miras a lograr la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas. Este nuevo bloque regional surge en una coyuntura de crisis económica mundial, en donde justamente los Estados de América Latina y del Asia han sido los menos golpeados.

No cabe duda que la integración per se es siempre un elemento positivo en las relaciones internacionales, pero ésta carece de funcionalidad y se debilita cuando los esfuerzos de los Estados por integrarse se multiplican, a su vez se desagregan según subregión, temáticas e intereses. Mientras unas organizaciones nacen, otras agonizan sin llegar a morir, y ahí está el problema porque lo que se consigue es una proliferación de organismos internacionales cuyo funcionamiento es precario. La OEA, CAN, Mercosur, Unasur, son sólo algunas de las instancias de política multilateral regional en donde todas, de alguna u otra manera, abordan los temas de gobernabilidad, derechos humanos, estupefacientes, crimen organizado, comercio, desarrollo, entre otros.

Ante la situación descrita, se desprenden algunas interrogantes: ¿Acaso se está repitiendo el plato una y otra vez gastando recursos, esfuerzos, tiempo, para suscribir declaraciones sistemáticamente todos los años y sin conseguir mayores resultados? ¿Los Estados latinoamericanos están en capacidad de financiar permanentemente no sólo la cuota anual de membresía, sino los viajes y gastos de sus delegaciones? ¿No sería más eficiente dar dinamismo a aquellos organismos ya constituidos, revisar sus avances, logros, reforzar o re direccionar sus directrices?

Para que la integración sea plena se debe ir avanzando progresivamente, la Unión Europea es sin duda un gran ejemplo de ello. No se trata pues de crear nuevos bloques regionales de acuerdo a la coyuntura o aspiraciones particulares, sin una mayor visión ni sostenibilidad en el tiempo. La CELAC en su concepción es similar a una OEA sin Estados Unidos ni Canadá. Aún así la ambición del presidente Hugo Chávez por crear un organismo a su antojo ha sido bien recibida, pero será aplaudida en la medida que permita a avanzar paulatinamente en aquellos temas en común en la región que aún requieren de impulso, sin convertirse en una trinchera chavista.

Asimismo, a nivel regional es importante que los Estados concentren sus esfuerzos y recursos, tanto financieros como humanos, en ciertas organizaciones multilaterales y así evitar pertenecer a un pool de las mismas que sólo consiguen duplicar el trabajo y gastar inadecuadamente los recursos del Estado. Hasta el momento la experiencia demuestra que participar en más cumbres no necesariamente garantiza mayor integración entre los Estados ni mucho menos dar solución a los asuntos que los convoca.

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